Hacia una educación que transforme

CONTEXTO

La pandemia por Covid 19 ha puesto en evidencia varias de las problemáticas sociales que enfrenta Colombia. La pobreza, el desempleo, el acceso deficiente a internet y la desigualdad, son apenas algunas de estas. Sin embargo, existe una problemática de la que poco o nada se habla de manera estructural: La salud mental de niños y adolescentes.

De acuerdo con Unicef (2020), 1 de cada 4 niños que ha estado aislado por el Covid 19, presenta síntomas de depresión y/o ansiedad. Según el Instituto Colombiano de Neurociencias, el 88% de los niños tiene alguna afectación en la salud mental y el comportamiento (entre leves y graves), y al menos el 42% ha visto afectadas sus habilidades académicas por causa de la cuarentena. Estas cifras, son consistentes con los datos a nivel mundial que indican que, en España, el 47,3% de niños tiene afectada la salud emocional, de acuerdo con el Observatorio de la infancia en Andalucía; un estudio de la Universidad de Kentucky afirma que al menos el 30% de los niños confinados cumple con los criterios para el diagnóstico de estrés postraumático; y en Italia, el 90% de los niños experimentó nuevos miedos y preocupaciones durante el confinamiento.

PROBLEMÁTICA

Ahora bien, aun cuando la pandemia por Covid 19 ha puesto en evidencia estas cifras, la problemática de salud mental en niños y adolescentes es un tema estructural que no ha estado en las agendas de Gobierno como debería estarlo. Desde el 2013, la tasa anual de suicidios en Colombia ha aumentado anualmente en aproximadamente 5,1% de acuerdo con el Instituto Nacional de Salud (2018). Los casos de depresión, ansiedad o trastornos psicosociales también han venido aumentando en los últimos años, aunque son pocas las cifras oficiales después del 2018.   Un estudio de la Universidad de la Sabana, indica que aproximadamente el 6.6% de los niños encuestados en la Encuesta Nacional de salud mental en 2015, ha pensado en suicidarse. Asimismo, de acuerdo con el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, de enero a abril del 2019 el 11% de las muertes totales se dio por suicidio, y el 18% se presentó en niños y adolescentes entre los 5 y los 18 años.     Por otro lado, de acuerdo con varios estudios, la violencia “irracional”, los conflictos interpersonales o los comportamientos antisociales (secuestro, violación, asesinato), tienen un nexo directo con la salud mental, que se refleja en el comportamiento con terceros y con la percepción de sociedad.  

Entonces, ante este panorama las dos preguntas obligatorias son: ¿Cuál es la razón para que los niños, niñas y adolescentes cada vez tengan más problemas asociados con la salud mental? Y ¿Qué consecuencias tiene esto para la vida adulta y para la sociedad en general? En términos de política pública, una de las posibles respuestas a la primera pregunta es que los niños, niñas y adolescentes no se están formando con las suficientes herramientas para afrontar las dificultades de la vida. Es decir, el enfoque de la educación en Colombia, y en la mayoría del mundo, ha estado determinado por los conocimientos técnicos, y se ha dejado completamente de lado la formación emocional.  Esto, es la base para la respuesta a la segunda pregunta.  Un niño que no crece con herramientas suficientes para afrontar las dificultades de la vida y la vida en sociedad se convertirá en un adulto falto de empatía, confianza y resiliencia, que terminará teniendo comportamientos antisociales, agresivos, o con síntomas depresivos y/o de ansiedad, por no saber como afrontar los diferentes problemas que la vida trae consigo.

SOLUCIÓN

Con todo lo anterior, es imperante que la educación emocional se vuelva parte esencial de las agendas de Gobierno. Es necesario que se empiece a abordar la problemática desde un ámbito estructural y preventivo, y no únicamente reactivo. Para esto, los Gobiernos deberían incluir dentro de los currículos escolares, clases de inteligencia emocional, para formar niños, niñas y adolescentes con herramientas emocionales para la vida. Al igual que las matemáticas, la ciencia o la biología; la empatía, la resiliencia y la motivación también se aprenden. En este sentido, los Gobiernos deben empezar a invertir en políticas públicas de educación emocional y no solo académica. Algunos países y ciudades en Europa han entendido esto, y los resultados han sido realmente alentadores. Canarias, Dinamarca o Cantabria, son algunos ejemplos de lugares en donde existe una asignatura para enseñarle a los niños inteligencia emocional. Los resultados, se reflejan en reacciones menos agresivas, en mejor gestión del estrés, disminución del bullying y disminución en los conflictos escolares. En este sentido, resulta evidente que parte de los cambios estructurales en términos de educación que debe tener Colombia, se deberían enfocar en enseñar inteligencia emocional. Esto, contribuirá a tener adultos mucho más sanos mentalmente, más preocupados por sus pares, más felices y resilientes, mucho más optimistas y probablemente más exitosos. En términos de sociedad, esto traerá grandes beneficios relacionados con violencia, conflictos y en general, con una visión estructural de lo que queremos como país y como personas.

Escrito por: Jenifer Bustamante Moreno – Co fundadora de ConSentido.

 BIBLIOGRAFÍA